El pasado fin de semana del 10 y 11 de marzo asistí en Madrid a las X Jornadas Agustinianas, organizadas por el CTSA. El programa, en un principio, me llamó la atención y me pareció variado y ameno. Lo primero se cumplió, lo segundo... a duras penas.
Tengo un problema grave y es que me gusta mucho criticar. En primer lugar diré que no sé realmente a quién están enfocadas dichas jornadas, pues este año prometían un gran aforo de laicos y me pareció que, salvo un par de laicos que conocía yo por allí y la que suscribe, el salón de actos estaba lleno de sacerdotes, monjas y profesos de las distintas provincias agustinas. No me parece mal, mas entiendo que para los profesos, soportar algunas ponencias de profesores que ya ven diariamente y no son precisamente amenos, no debe de ser muy edificante. Claro está, que un laico que va allí esperando encontrar algo práctico para su vida cristiana-agustiniana, también se queda un poco parado, pues muchas de las ponencias son simples disquisiciones filosóficas o teológicas, más cerca del cielo que de la tierra.
En segundo lugar diré que hubo poca presencia femenina entre los ponentes, sólo una monja y una laica, que justamente fueron las más brillantes y las que mencionaron a Jesús en sus intervenciones. De los demás, me quedo con el recuerdo de un ponente perfecto en su verbo, pero vacío de contenido, pues se suponía que debía hablar de su testimonio como cristiano y yo me quedé como estaba, es decir, ni sé por qué es cristiano ni lo que hace en su vida como tal.
Para finalizar, creo que la Iglesia debería dejar de hablar de promover la fe entre los jóvenes y saltar al vacío y promoverla en realidad. Jornadas como ésta serían perfectas si se acercasen como formación teórica y práctica a los jóvenes de las parroquias y colegios agustinianos y no se quedasen en el libro editado que muy amablemente me dieron. Si lo llego a saber, me quedo en las fiestas de Castellón y hago que me envíen el libro, pues muchos se limitaron a leer lo que habían escrito.
Ah, un 10 para el concierto de Zamburiel, un grupo de música celta muy majo y comprometido con su Iglesia. Eso sí que me pareció un verdadero testimonio.
