sábado, 9 de agosto de 2008

HOSPITALERA VOLUNTARIA

Buenas. Llevo un montón sin escribir nada por pereza y mucho trabajo. Hoy quería escribir un poco sobre mi experiencia como hospitalera voluntaria en un albergue del Camino de Santiago en Grañón.
Al principio pensé: "¿Quién me manda a mí venir de vacaciones a un sitio para levantarme a las 6.30 y preparar desayunos, fregar platos y cuartos de baño y hacer cenas para 35-50 personas?" Pero luego te das cuenta de que los pequeños gestos de cada día (una taza de café más para un peregrino hambriento, un "siéntese y descanse, que le busco una colchoneta", un poco de comida al mediodía o una simple sonrisa acompañada de un "déme la mochila, que le pesa") son las cosas que hacen que la gente se sienta bien y que tú misma, egoístamente, te sientas bien.
Se hablaba del espíritu de Grañón y yo pensaba que la gente estaba un poco loca, pero he visto que el compartir todo (menos el marido o la mujer) y el no decir nunca que no a un peregrino que buscaba un sitio para dormir hacen que haya sitios especiales a lo largo del Camino.
Al final de mi experiencia me ha parecido que no he hecho nada y que he recibido mucho. A veces crees que las personas que tienes a tu alrededor son las causantes de tu felicidad y he descubierto que gente completamente desconocida puede hacer que sea un poquito más feliz cada día, que me sienta más útil para los demás y, por eso, quiero agradecer y recordar a las siguientes personas:
- A Tsvetanka, la búlgara que no entendía nada (o eso me pareció a mí) y que se fue dándonos un abrazo a Monika y a mí que nos hizo llorar.
- A José Luis de la Cámara, artífice de un gazpacho impresionante para 60 personas.
- A los italianos Roberto, Maurizio, Daniele y Ezio, que en días diferentes nos deleitaron con unos platos de pasta magníficos, siempre con una sonrisa en la boca.
- A Mar de Madrid y a Iñaki de Vitoria, por una sesión de reiki que me dio más fuerza y energía para "enfrentarme" a 57 peregrinos hambrientos.
- A Raquel de Madrid, que aguantó estoicamente y con una sonrisa la "broma" que le hicimos diciéndole que no quedaba sitio y acabó comiendo puchero de Jorge.
- A Nicola, italiano que me encontré en Tosantos y con el que disfruté de unas horas de conversación mística.
- A Mario y Bepi, misioneros javerianos del albergue de Tosantos, que me trataron mejor de lo que yo había tratado a mis peregrinos.
- Y a tantos otros que me hicieron disfrutar de mis días como hospitalera: los que tocaron la guitarra mientras hacíamos la cena, los que se ofrecieron a hacer cena para 50 pelando patatas, frutas o lo que fuera, a los que, simplemente con su sonrisa y su educación, hicieron que mis 15 días parecieran vacaciones en el Ritz.
- Pero, sobre todo, me gustaría agradecer a Monika, mi compañera alemana, la alegría que me daba cada día con sus bromas ("Grande Katastrophe!"); a Marina por sus oraciones sinceras que calman el hambre del espíritu y su hospitalidad en su casa; a Jorge y Hugo por su inestimable ayuda para montar las mesas a la orden de Kommando! y por soportar mis experimentos a la hora de la comida; y a todas las personas del pueblo por acogernos a Monika y a mí como si fuésemos de allí de toda la vida.
Es una experiencia que recomiendo a todos. Es otro estilo de voluntariado.

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